Ollas populares, una red detrás de un plato de comida

Escribe: Agustina Verdi

Fotografías: Florencia Rodríguez

Como consecuencia de la pandemia, y a lo largo de los meses de aislamiento preventivo y obligatorio, en los barrios populares del país se profundizó la crisis económica. A través de distintas acciones comunitarias, quedó en evidencia la importancia de la organización barrial y los lazos comunitarios entre vecinxs, que muchas veces emparchan la ausencia del Estado. La máxima expresión de este trabajo en conjunto son las ollas populares, el plato de comida caliente, la copa de leche y la merienda que ofrecen las organizaciones y comedores que, en un contexto de incertidumbre total, son la única certeza que tienen a diario los vecinxs en emergencia económica.

A mediados de marzo de este 2020, la Ciudad de Buenos Aires entró en confinamiento como medida preventiva ante la propagación de la pandemia del coronavirus. Aislamiento en las casas, trabajo remoto y online y todo local que no vendiera bienes de primera necesidad debió bajar la persiana y frenar su actividad. Muchxs sufrieron y aún sufren un gran golpe en la economía personal, pero donde realmente se sintieron los efectos de la pandemia, fue en los barrios populares. 

En Argentina, el 85% de los casos de coronavirus se registraron en el área metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Sin embargo, no todas las personas del AMBA están igualmente expuestas al contagio: los datos disponibles para la Ciudad Autónoma de Buenos Aires muestran que las tasas de contagio y mortalidad en barrios informales o asentamientos superan ampliamente las tasas registradas en las demás zonas de la Ciudad. El AMBA es un espacio de alta concentración de población y producción económica. Sin embargo, esta región es también el lugar donde se concentra la mayor desigualdad del país. Según los datos del INDEC, de la “encuesta de hogar” del 2019 y del censo del 2010, cerca del 50% de la población vive bajo la línea de pobreza y 20% vive en asentamientos informales.

A mediados de julio, el 38% de los casos y personas fallecidas por COVID-19 en Argentina eran residentes de CABA. Pero la distribución de casos no es uniforme a lo largo de la Ciudad. Entre Barracas, Flores, Retiro y Villa Lugano acumulaban cerca del 40% de los casos y 13% de los casos de todo el país. La alta concentración de contagios en estas zonas tiene que ver con que allí se encuentran los barrios populares más grandes de la Ciudad: en Retiro el Barrio Mugica -ex villa 31-, en Flores el Barrio Padre Ricciardelli -ex villa 1-11-14. En Barracas y Lugano, los Barrios 21-24, la villa 15 y la villa 20. 

En condiciones de hacinamiento habitacional, en inquilinatos y viviendas compartidas, se hacía imposible cumplir el aislamiento. Lo mismo con las medidas sanitarias: cómo lavarse las manos si no hay agua corriente. Con la débil conexión a Internet, que no llega a todas las casas, el teletrabajo y la “escuela virtual”, no fueron opciones viables. En los barrios, sólo el 20% de los jefes o jefas de hogar tienen empleos formales o son jubilados. La mayoría de las personas no está en relación de dependencia. Son muchos los varones que trabajan en construcción y muchas las mujeres que ofrecen servicios de cuidado y limpieza, es decir: son muchxs lxs que sostienen familias con ingresos del día a día. Ya acostumbradxs a un trato marginal, donde siempre lxs que menos tienen son lxs más postergadxs, emergieron, como respuesta, las acciones colectivas, las movidas comunitarias..

Asegurar el plato del día

La acción fue rápida y clara: ollas populares y comedores, como primera medida de ayuda inmediata. Estas propuestas no fueron novedosas porque no es la primera vez que vecinos y vecinas salen a cubrir las necesidades que el Estado pasa por alto. Las organizaciones que activan en los barrios son espacios nacidos al calor de la crisis del 2001, que se acercaron para enfrentar el hambre y la desocupación de ese entonces y que al pasar el tiempo, con mucho esfuerzo y corazón, tomaron cuerpo y se consolidaron en una estructura que hoy permite accionar con certeza y claridad frente al contexto crítico. 

La estructura de la organización estaba, pero el impacto de la pandemia en la economía de los barrios fue muy alta y desbordó las posibilidades de ayuda que existía hasta ese momento. En el barrio Padre Ricciardelli, ex villa 1-11-14, ubicado al sur del barrio porteño de Flores, se duplicaron lxs asistentes a los comedores populares. El comedor del FOL (Frente de Organizaciones en Lucha), ubicado en Cruz y Agustín de Vedia, se extendió hacia otro sector del barrio. Luego de reclamos y reiteradas peticiones, lograron que el gobierno de la Ciudad entregue 150 cupos más de alimentos. Aprovechando las manos disponibles de quienes no pueden trabajar y la creatividad de las cocineras para hacer rendir la comida, lxs compañerxs hicieron llegar alimentos hasta la otra punta del barrio. 

Ana Gamarra, cocinera y también organizadora del comedor del FOL es una de lxs que trasladan por casi cuarenta cuadras la mercadería, hasta el nuevo espacio en la zona norte del barrio. De lunes a viernes, cubren cerca de 700 platos de comida. Y cuando se puede suman una olla popular los jueves, para lxs que quedan por fuera del cupo del comedor.  

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