Una llama que contribuya a la hoguera

TEXTO DE MÓNICA SOSA VÁSQUEZ

INTERVENCIÓN DE TAPA POR FLORENCIA PRADO

 

La última obra de Marta Lamas Acoso. ¿Denuncia legítima o victimización? (Fondo de Cultura Económica, 2018) provoca. El título despierta cierta sospecha frente a una insinuación tan incómoda como inaceptable: existen denuncias que pueden ser ilegítimas y ello las convertiría en un instrumento de victimización. Frente a este cuestionamiento, las emisoras que no acceden a la legitimación son despojadas de la capacidad de contar testimonios válidos. 

El “acoso” en disputa

La provocación del título concuerda con el objetivo del libro: criticar el discurso hegemónico sobre el acoso, el cual ha sido estipulado por las dominance feminists o “feministas radicales”, procedentes de EUA, y amparado por las governance feminists, quienes ejercen cargos de poder a nivel local e internacional. Este acaparamiento del discurso sobre el acoso es una forma de dominación y expansión de la concepción estadounidense en otras coordenadas del globo, en las cuales existen importantes diferencias culturales. Es decir que se trata de un caso de hegemonía cultural.  

Lamas enmarca su crítica en el debate originado entre el movimiento #MeToo y el manifiesto francés Defendemos una libertad de importunar, indispensable a la libertad sexual cuyo eje de confrontación fue el acoso. Al contrastarlos, Lamas halla dos versiones sobre el acoso, el poder, la violencia y las relaciones de género. El #MeToo representaría a una corriente feminista  que cae en el “extremismo de considerar todo requerimiento sexual como acoso”. Sobre esta línea el feminismo radical de EUA sería “puritano” al oponerse a uno de los supuestos logros del feminismo de la segunda ola: la libertad sexual defendida por las intelectuales francesas. 

Pero ¿qué tan crítica es la autora respecto a los alcances, límites y errores que atravesó la “revolución sexual”? Este movimiento tuvo sus configuraciones socioculturales particulares en América Latina y cierta concepción de la libertad terminó siéndole redituable al neoliberalismo. En definitiva,  el manifiesto francés relega y disminuye la dimensión del poder en aras de una libertad individual, como si ésta fuese ajena a jerarquías e ideologías.

¿Victimismo? ¿Mujerismo? 

El uso “indiscriminado” del término “acoso” implicaría, como menciona Lamas, reducir un contexto violento y desigual en el cual éste se expresa. Pero ¿no es el acoso un caso a partir del cual podemos acceder e incidir en dicho contexto? , ¿no es el contexto una puerta hacia la estructura de la división sexual? Y entonces, ¿no es la división sexual uno de los pilares del patriarcado? 

Para la autora, el discurso hegemónico sobre el acoso remite a un “mujerismo” y un “victimismo” que ha implicado un “giro punitivo y carcelario”, el cual solidifica la concepción de la “Mujer, víctima impotente y oprimida” y la del “Hombre, victimario violento y dominador”. Por lo que propone distinguir este “mujerismo-victimismo” del “planteamiento feminista que defiende la necesidad de realizar un trabajo político con las mujeres”, es decir, del “verdadero feminismo”. 

La forma en la que Lamas critica al paradigma victimista, la conduce hacia un sentido común machista como emplear el término “mujerista”, que corresponde a la misma línea de lxs opositorxs del feminismo, esos que hablan sobre “hembrismo” y “feminazis”. 

Algunos de los problemas de la categoría de víctima se mantienen en relación a su representación y al proceso jurídico para acreditarse como tal, o ¿acaso hay una lista de requisitos que si una no cumple o aprueba, en los que intervienen el sistema médico y jurídico, se tacha el “acoso” de la libreta? En todo caso, ¿En quiénes reside avalar dicho cumplimiento?

Aunque el propósito de la antropóloga es precisar el término acoso para que podamos identificarlo, su operación teórica nos victimiza frente a las categorías que intenta criticar. En esta dirección, uno de los statements más polémicos es “Un piropo es distinto de una grosería, y una grosería es distinta de un manoseo”. Entonces parece olvidar que los contenidos culturales de las palabras poseen más de un sentido, ya que dependen de diversos factores como el contexto y lxs sujetxs que interactúan en él. 

Además, los cuestionamientos desde la cuarta ola apuntan contra aquéllo que nos han presentado como símbolos de seducción, es decir, los emblemas de la femineidad hegemónica, dado que son los que endulzan relaciones genéricas de dominación. Estamos participando y ejerciendo una agencia colectiva en torno a la cultura, que –atravesada por el poder- es machista en muchos aspectos. Al fin y al cabo, si modificamos los morfemas genéricos de las palabras para subrayar el machismo en el lenguaje: ¿Por qué no iríamos más allá de éste, a los otros aspectos recónditos de la cultura? ¿Por qué no haríamos esta labor en paralelo?

Pero entonces ¿qué entiende Lamas por acoso sexual? Es un término que está relacionado a un tipo de conducta sistemática; si éste sólo ocurre una vez no debería catalogarse como tal. Aquellas “veces aisladas” serían abusos sexuales y el “hostigamiento sexual”, un tipo de “hostigamiento laboral”. También, cuestiona los intercambios sexuales al establecer que si éstos son desiguales y/o desagradables no significa que sean acosos: “Si el jefe te condiciona un ascenso y dices que no, y ahí queda, ¿eso es acoso? ¿Y si aceptas, es acoso?”. Desde su mirada, aquí habría un ejercicio de la “sexualidad instrumental”. De modo que parece avalar el vínculo de la estructura genérica al interior de la fase actual del modo de producción capitalista.   

Lamas propone el concepto de “acoso social machista” para englobar a las trans y a los hombres en el sujeto que puede recibir y vivir un acoso; puesto que, según ella, son actores invisibilizados debido al “victimismo femenino”, producto del mujerismo que compone al feminismo radical. 

Escrachar al machismo en el tejido social

Al mismo tiempo, arremete contra los “linchamientos verbales, ‘escraches’ y otras acciones terroristas” porque considera que impregnan nuestro panorama social con un “pánico sexual” de tinte “androfóbico”, en donde el sexo y la sexualidad se tornan peligrosos. Lamas considera que se ha privilegiado la “subjetividad de las mujeres” en la identificación y denuncia de acosos sexuales; lo cual le parece súmamente erróneo, ya que es sabido que en la subjetividad interfieren elementos inconscientes. 

¿Es este un intento por dotar de características victimarias a la víctima? ¿Esta es su forma de concederle “agencia” a las mujeres y a las trans acosadas? ¿Esta es su propuesta al “victimismo” que señala y critica como el uno de los grandes males del feminismo?

Si en algo he de concordar con Lamas es que la “justicia por mano propia” responde a la nula o deficiente respuesta de las instituciones que deberían encargarse del acceso a una vida libre de violencia. Sin embargo, en el libro siempre se muestra opositora a los “escraches” y a favor del perfeccionamiento de dichas instituciones porque considera que no podemos o debemos conspirar a favor del punitivismo. Pero cuando las instituciones no dan respuesta, o nos dan las respuestas que siguen alimentando las violencias, el escrache constituye una vía alterna, comunitaria y, sí, a veces complementaria -y hasta más segura-  a la jurídico-legal.  

El escrache “resquebraja” el tejido social; el típico caso de los amigos escrachados y ni qué decir sobre los históricos “pactos entre caballeros”. Pero ¿qué relaciones de poder operan en nuestro entorno? La cuestión es cómo estamos definiendo y reconstruyendo nuevas lógicas de relacionarnos desde el feminismo, y cómo enriquecernos a través de la diferencia entre los (trans)feminismos.

“Conceptualizar es politizar” 

A pesar de que simpatizo poco con el contenido de Acoso ¿Denuncia legítima o victimización? (2018), cabe destacar que nos introduce a temas y problemas que se están abordando en esta “cuarta ola” del feminismo. La autora hace un recuento histórico para pensar la reglamentación del acoso en las instituciones educativas y continúa con una sintética exposición de los antecedentes teóricos de la relación del feminismo radical con su aspecto jurisdiccional en EUA, que puede ser útil para problematizar esta reglamentación en nuestro contexto. 

Me pregunto por los diálogos que sostendrán quienes se animen a leer esta obra en soledad, así como el inevitable intercambio que generará la lectura más rica de todas, la colectiva. Espero que esta fiesta de lecturas abone tanto a la conceptualización como a la politización que nos permitan seguir en el cuestionamiento de las condiciones materiales y el poder simbólico que legitima a los sistemas de opresión que nos habitan. 

En definitiva, se trata de una tarea profunda y compleja para feministearlo todo: nuestra biografía, nuestra memoria y nuestras relaciones, nuestro tejido. El pasado, el presente y futuro jamás serán lo mismo; por ende, tampoco nosotrxs.

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