El cuerpo gordx en el deseo: Hacernos visibles para poder existir

POR FLORENCIA LOSCHIAVO

IMÁGENES AILÉN MONTAÑEZ (PARA ANCCOM) Y LUCÍA BARRERA ORO

Nunca fui una chica 90-60-90 -lo correcto sería decir que siempre fui 110-70-120-, ni tampoco tuve el cuerpo que mostraban las revistas, las publicidades o la tele; ese cuerpo ideal que supuestamente todas las mujeres debemos tener si queremos ser felices. 

Desde que tengo uso de razón tengo complejos con mi cuerpo, jamás estuve conforme con la imagen que el espejo me devolvía, siempre sentí vergüenza de tener un cuerpo que al parecer estaba mal.

Y cómo no sentir que estaba fuera de lo normal si desde chica todo el mundo emitió una opinión sobre mi cuerpo. Mi familia o amigxs me daban su consejo desde un supuesto lugar de amor diciéndome que era lo mejor para mí, para mi salud, aunque los estudios médicos nunca mostraron valores que indicaran que mi salud estaba en riesgo. En la calle miles de veces me gritaron GORRRRRDA, marcando bien la erre para que ese sonido quedara retumbando en mi cabeza -como si no sintiera cada kilo extra en cada erre que le agregaban a la palabra-,  y ni hablar de las burlas que recibí en mi adolescencia.

Simplistas y violentxs. Simplista es creer que una persona gorda no adelgaza porque no quiere o porque no tiene voluntad de hacerlo. Violento, querer imponer modelos de belleza que no reflejan todas las realidades. 

Para tratar de encajar hice y hago cuanta dieta leo, veo, escucho o me recomiendan; tuve más citas con nutricionistas que con pibes, y el resultado siempre fue el mismo: una imagen que no encaja en los ideales de belleza.

Nada de lo que haga me hace sentir bien, nada alcanza para sentirme menos culpable por tener un cuerpo que no es parámetro de belleza. No poder cumplir con la norma hace que te sientas diferente y eso genera depresión, tristeza, dolor, angustia, inseguridad. Inseguridad que no solo destruye tu autoestima sino que afecta a la hora de vincularse con lxs otrxs porque te hace prisionerx de tu mirada y de la mirada de lxs demás que juzgan y sienten que tienen derecho y pueden opinar sobre tu cuerpo.

La pregunta es ¿por qué? Porque somos diferentes, porque nos hicieron mal, porque no somos lo que la vidriera muestra, porque les damos asco, porque somos basura. Eso se llama gordofobia y se refiere al temor, asco, discriminación a las personas gordas. Suena ridículo, pero es real.

Lucía Barrera Oro / PEUTEA

Lux Moreno es profesora de filosofía, escritora y activista gorda. ”Estamos constantemente revisando y atentxs al cuerpo y es por eso que las personas se permiten opinar sobre el cuerpo de otrxs; desde un tipo por la calle, una amiga, un familiar, todxs sienten que pueden hacerlo”.

Durante los años 60, con el fracaso del socialismo, el capitalismo propició la espectacularización de la vida social, el crecimiento del marketing y la publicidad, la instalación de nuevos saberes y paradigmas. “Hoy hay una sobreexposición de la imagen propia, en especial en los vínculos que establecemos a través de las redes sociales y con ellas mismas”, analiza Lux en conversación con Peutea.

En este contexto, describe Lux, cambia la matriz de consumo y pasa a instalarse sobre el cuerpo: “Hay un proceso de cosificación, de desidentificación del cuerpo donde se encuentra fetichizado de manera imperceptible. El cuerpo transformado en mercancía adquiere un valor que tiene que ver con los consumos que tenemos sobre él. Como toda mercancía, en el sistema de consumo hay algunas que son más visibles que otras; entonces, hay cuerpos que son menos visibles que otros y según esta categoría se puede evaluar el éxito de un cuerpo.

El cuerpo, continúa, se transforma en una mercancía y como tal tiene valor y ese valor tiene que ver con los consumos que tenemos sobre ese cuerpo. Por lo tanto hay mercancías –cuerpos- en el sistema de consumo que son más visibles y otros menos, la visibilidad es la forma en la que se puede evaluar el éxito de un cuerpo.

¿Cómo funciona la regla de valor y visibilización? La hegemonía de los cuerpos está íntimamente ligada con las reglas del mercado, en especial de la moda y la publicidad, pero, ¿qué significa que el Estado mismo apruebe una Ley de cuidado alimentario? En nombre de “combatir la obesidad”, ¿qué control nos imponen desde las estructuras del poder?  “Quienes de algún modo u otro deciden sobre la jerarquía corporal, hacen visibles ciertos cuerpos y excluyen a otros. Estas jerarquías, lejos de ser inocentes, son legitimadas por las instituciones: la familia, las leyes, el Estado, y reafirman la policía interna de cada unx sobre su propio cuerpo”, agrega Lux. Las leyes y políticas públicas sobre obesidad, por ejemplo, imponen un determinado concepto de belleza y de bienestar, escondiéndose tras la bandera de una vida saludable. 

Como el cuerpo gordo es un cuerpo desapropiado de sí mismo, es un producto-plataforma que hay que mejorar. Para hacerlo, vamos al gimnasio, comemos saludablemente, nos “cuidamos”. La lógica de cuidado tiene que ver con mejorar algo que no encaja, no con aceptarlo como es.

“En el sistema capitalista, los cuerpos gordos sufren visibilización e invisibilización al mismo tiempo”, explica Lux, “lxs gordxs son un chivo expiatorio: se los hace visibles para ser señaladxs porque la gordura es un problema social que hay que resolver”. Tiene la carga individual en el sentido de que esa persona no tuvo la voluntad de administrar su cuerpo y ser flacx. Blanco fácil de la industria de las dietéticas, el fitness, la vida sana y la buena salud, estos cuerpos son, muchas veces, objeto de discriminación. Y a su vez, lxs gordxs están invisibilizadxs en los afectos. El capitalismo es una máquina deseante, esto quiere decir que los afectos que nosotrxs tengamos son productivos o no lo son, que haya un grupo social que no sea admitido en la visibilidad demuestra que en la visibilidad también hay valores afectivos. En este sentido, ser exitosxs es encontrar una pareja y ser feliz para toda la vida, siguiendo los valores del amor romántico hetero y monogámico. Sin embargo los cuerpos gordos son mirados como cuerpos de segunda, ciudadanxs de segunda que solo aparecen frente a la vista del mundo para recordar que hay otros cuerpos que cumplen los parámetros. El nivel de violencia de la invisibilización es gravísimo.  

Lucía Barrera Oro / PEUTEA

La violencia que se ejerce sobre lxs gordxs es sistémica, por lo tanto hay que tener en cuenta que todo lo que surja como oposición o resistencia puede ser reapropiado por el mismo sistema capitalista. 

Entonces, ¿cómo es posible quererse dentro de un sistema que te excluye y te hace creer que estás mal por ser gordx? La exigencia del amor propio no es más que una exigencia del mercado liberal, porque exige reproducir la revalorización y la idea de orgullo que son afectividades propias del sistema capitalista. De esta manera también se absorbe la idea de empoderamiento, orgullo y amor propio: debemos autogestionarnos para ablandar los límites del marco de reconocimiento: “querete”, como si fuera tan fácil en un entorno que nos señala, invisibiliza y excluye en simultáneo.

Si vivimos dentro de un sistema capitalista donde somos valorados socialmente por el cuerpo que tenemos y eso se traduce en que el éxito esté ligado a la delgadez, un cuerpo gordx es una mercancía que no tiene valor; ¿puede entonces ser deseado? Sí, se puede construir. El cuerpo gordx es no deseado porque no hay modos ni lugares de reconocimiento que lo validen como objeto propio de deseo. 

Para disputar esos espacios, podemos recurrir a la visibilización, al mostrarnos y decir “acá estoy/estamos yo/nosotrxs”. Esto nada tiene que ver con emplazarnos como una mercancía de consumo, por lo tanto debemos valernos de la estrategia de la irrupción: aunque me quieran invisibilizar, aunque los discursos digan que yo no estoy bien, yo estoy acá soy gordx, soy una vida más y no soy una vida de segunda.  Esta postura eso debe estar acompañada por un marco cultural que visibilice otra vidas posibles: si no hay series, ni documentales, si no demostramos que los cuerpos gordxs existen, no hay posibilidad de generar modos de reconocimiento distintos, de pararme y decir: acá estoy.

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