La tecnología al servicio del deseo. Reflexiones desde un ciberfeminismo

POR SOFÍA LECOT

ILUSTRA MEME LAXAGUE 

¿Alguna vez se preguntaron qué pasaría si la sociedad rompiera con la dictadura conceptual que normativiza el sexo y la sexualidad? ¿Cómo sería la vida cotidiana en un mundo donde no existe un poder disciplinante que determina rasgos “normales” y nos estructura en un binarismo anticuado y torturador? Donna Haraway, autora de “El manifiesto Cyborg”, plantea que la liberación se basa en la construcción de la conciencia, de la comprensión imaginativa de la opresión y, también, de lo posible”. Si borráramos todo límite conceptual ¿Cómo describiríamos al ser humane? ¿Qué quiere decir ser humane?

Haraway invita a pensar una resistencia al estilo foucaultiano a partir de cuerpxs post genéricos, sin relación alguna con el binomio mujer/hombre y lxs llama Ciborgs: “criaturas que son simultáneamente animal y máquina, que viven en mundos ambiguamente naturales y artificiales”. Confunde fronteras para (intentar) hacernos responsables de los conceptos que construimos sobre nuestrxs cuerpxs y la estructura social. El ciborg es una metáfora perfecta -con sus propias imperfecciones- para imaginar un mundo utópico sin géneros, que revolucione las relaciones sociales. 

Este nuevo ser humane transgrede límites, crea fusiones poderosas y posibilidades peligrosas. Plantea hacerle frente a las identidades parciales y puntos de vistas contradictorios producto del patriarcado, colonialismo y del capitalismo. Cuerpos como prótesis, intervenciones para abortar un género impuesto y modelar la identidad deseada. Si se pone en jaque el miedo a la similitud del humane con máquinas y animales. ¿Qué pasa si admitimos que sí, que encarnamos las tres categorías? 

 

Las tecnologías de las comunicaciones y las biotecnologías pueden convertirse en las herramientas decisivas para darle nuevos significados a nuestrxs cuerpxs y romper la rueda de la sumisión y dominación basada en conceptos, como ejemplo podemos hablar del cambio de sexo mediante el uso de prótesis. Siguiendo esta línea, Fernando Broncano en “La melancolía del ciborg” explica que somos seres que habitamos un mundo subjetivo, refugio de formas variadas de resistencia y por ello la figura que mejor nos representa es la de los ciborgs, “seres que no saben lo que son, seres a los que no les dejan saber lo que son”.

Si intento hacer una respuesta aproximada a la pregunta de qué es ser humanx se me ocurre un ser inacabado que mediante técnicas, prótesis, conceptos y contextos construye individuos, identidades híbridas entre lo orgánico y lo artesano. En toda sociedad se presentan hibridaciones antagónicas y prevalece aquella que se plantea como funcional al sistema. Así, como argumenta Broncano, “cualquier variación, constricción, simple modificación, produce molestias”. Él entiende como parte elemental de los ciborgs las prótesis, tanto materiales para restaurar funciones orgánicas o creadoras de funciones vitales, como las no materiales -el lenguaje, las instituciones o la religión-. De este modo, el malestar que cualquier resistencia puede plantear a la norma, persistirá hasta que la prótesis sea reabsorbida y componga una parte más de lxs cuerpxs y el sistema de hábitos.

Toda construcción social, basada en un sistema de conceptos determinantes,se desplomaría ante cuerpxs ciborg que no pueden ser encerradxs en ninguna categoría. La sexopolítica, entendida por Beatriz Preciado como la acción biopolítica sobre el sexo, su verdad, su visibilidad, sus formas de exteriorización, la sexualidad, los modos normales y patológicos del placer,  el sexo como parte de los cálculos del poder, el discurso sobre masculinidad y feminidad y las técnicas de normalización de las identidades sexuales, dejarían de tener efecto.

En Testo Yonqui, Preciado plantea un tercer régimen de subjetivación basado en el impacto que tienen las nuevas tecnologías del cuerpo (biotecnologías, cirugías, endocrinología, etc.) y de la representación (fotografía, cine, televisión, cibernética, etc) en la construcción de los sujetos. Preciado lo llama sociedad farmacopornográfica, donde “las tecnologías entran a formar parte del cuerpo, se diluyen en él, hasta transformarse en cuerpo, inseparables e indistinguibles de él”.

Hoy, lxs cuerpxs atravesados por tecnologías, lxs ciborgs de nuestra sociedad podrían entenderse desde la intersexualidad. No confundir la historia de lxs cuerpxs intersexuales, aquellxs cuerpxs vigiladxs, castigadxs y reguladxs, en sentido foucaultiano, por el hecho de ser diferente o inusual, con la intersexualidad como campo de batalla a lo instaurado, como punto de resistencia y deconstrucción, intersexualidad como ciborg.

Desde la biomedicina se establece que se empieza a hablar de intersexualidad simplemente cuando aparecen unos genitales que no responden a las expectativas morfológicas establecidas culturalmente para mujeres y para varones. Nuria Gregori Flor, explica en “Los cuerpos ficticios de la biomedicina” que a lo largo de toda la historia occidental, especialmente del siglo XX en adelante, “el proceso de segregación entre “normales” y “anormales”, o lo que es lo mismo, entre “sanos” y “enfermos” o “patológicos”, comienza ya en el vientre materno mediante las técnicas de diagnóstico prenatal”. Con los avances de la cirugía plástica a mediados de los ‘60 los médicos comienzan a recomendar la cirugía “correctiva” en los recién nacidos intersexo. Una vez asignado el sexo del bebé y corregirlos físicamente la familia debe comprometerse a criarle en su correspondiente género. 

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La medicina va incluso más allá, porque durante toda su vida lxs niñxs intersexo deben someterse a tratamientos quirúrgicos y hormonales regulares para evitar el desarrollo natural del cuerpx, porque dejarlos llevar por su propia naturaleza “supondrían una amenaza para unos reducidos esquemas binarios de dos sexos/dos géneros”. Claro que estas prácticas fueron denunciadas por diferentes colectivos intersexos por ser una  “normalización violenta”, tal es el caso de la directora de la Intersex Society of North America (ISNA), Cheryl Chase.

Pero ¿y si la intervención tecnológica en lxs cuerpxs formara parte de la búsqueda de una identidad? ¿Qué pasaría si esta obligatoriedad de ser-tener un género definido por el sexo biológico diera paso a cuerpxs ciborg con la tecnología al servicio del deseo y no de la heteronorma?

Una sociedad utópica como horizonte, donde la genitalidad no deba estar atada a un estereotipo, donde se pueda dejar de hablar de varones y mujeres, cuerpxs que exceden las categorías de heterosexuales u homosexuales, redefiniendo conceptos como la identidad de género, masculinidad y feminidad o los roles de género. Gregori Flor lo plantea así: “todas las categorías conocidas que definen el sexo, el género y la sexualidad en nuestra sociedad entran en crisis cuando se trata de hablar de intersexualidad” (o ciborgs). 

Nuestrxs cuerpxs ciborgs liberados del mandato que nos obliga a separar naturaleza y cultura, podrían tener la capacidad de abrir las puertas a la liberación sexual para romper con el tabú y las preferencias normadas. Apropiarnos de las redes, los medios, la pornografía disidente, las prótesis, la medicina y el quirófano, y resignificar las identidades. Lxs ciborgs rompen el silencio, la agonía de la culpa, la vergüenza y el ocultamiento, para transformarse en lugares de reflexión y resistencia. Una mirada distinta hacia nuestrxs cuerpxs, nos obliga a repensar los conceptos heteronormados para deconstruirlos, redefinirlos y construir una sociedad basada en un marco teórico sin límites y en una ficción onírica sin estructuras fijas. 

Entonces ¿Qué es ser humanes? No creo que podamos responderla jamás sin antes repensar los límites conceptuales basados en biologicismos y binarismos y sin entender que, como un ciborg, está en una constante construcción. Aproximarse a una respuesta es solo un intento, una mirada útopica, como una película, para dejar de sentir, aunque sea por un rato, los límites externos del cuerpo propio. 

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