Intimidad: la virginidad millenial

POR AGUSTINA VILLA

ILUSTRACIÓN POR VIOLETA MAL

La revolución feminista trajo consigo la posibilidad de repensar las relaciones sexuales: las mujeres también somos sujetos deseantes y tenemos derecho al goce. La sexualidad falocéntrica y machista se ve cuestionada por una renovada forma de comprender y ejercer la sexualidad: el consentimiento a nuestras reivindicaciones entre las sábanas  y a la búsqueda de placer, que se vuelve casi como una obligación política con nosotras mismas y nuestras amigas.

En esta época de revisión de los conceptos y de las prácticas sociales, se nos vuelve todavía más difícil el vínculo sexo-afectivo con otrx, en especial en los casos de parejas heterosexuales. Los nuevos discursos se mezclan con las viejas imposiciones, la rebeldía política con la necesidad de seguir el patrón para encajar, la reivindicación de la identidad libre con hacer-lo-que-se-supone. No hay un acuerdo respecto al rumbo de la revolución sexual, y la incertidumbre siempre genera confusión.

Pero si hay algo que aparece claro y vigente es que los vínculos que se establecen centrados en el sexo no son el lugar donde depositar sentimientos. Ningún tipo de sentimiento. Una regla que se repite y se reproduce, que nos determina en la forma de actuar e interactuar con las parejas sexuales: tardar en responder para no parecer tan interesadx,  hacerle saber que también te ves con otra gente para que no se sienta especial, una serie de situaciones en las que las redes sociales se convierten en herramientas para despejar cualquier duda sobre la existencia de una mínima afectividad con la compañía sexual.

La inhibición por lo sentimental en los vínculos sexo-afectivo heterosexuales está tan arraigada que encontramos hoy un boom en las relaciones abiertas y el polimor que, a veces, se parece más a la búsqueda de un refugio donde se nos facilite no otorgarle un espacio o trato “preferencial” a unx particular que la intención de deconstruir el mandato del amor romántico burgués.

Esa meta de anular lo sentimental, hace que veamos las relaciones sexo-afectivas como un escenario de ganador-perdedor y nos desenvolvemos en los vínculos con la intención de salir más victoriosos que felices. El que termina sin desarrollar sentimientos -o, mejor dicho, sin exponerlos- gana. Esperamos al otrx siempre en retaguardia, y entregar la intimidad es el entregar la virginidad de nuestra época: asusta lo que otra persona pueda hacer con ella. Así, entramos al juego preparadxs para lo peor. El que se engancha pierde y, todavía hoy y después del paso de la ola verde, se asume que va a ser ella.

***

Diana Maffía analizó los estereotipos culturales acerca de lo femenino y lo masculino, y lo plasmó en un listado de conceptos. Una columna asociada a las características de uno y otro, que tenemos tan atravesadas en nuestra cabeza que no necesitan título para identificar a qué género binario pertenece cada una.

OBJETIVO SUBJETIVO
UNIVERSAL PARTICULAR
RACIONAL EMOCIONAL
ABSTRACTO CONCRETO
PÚBLICO PRIVADO
HECHOS VALORES
MENTE CUERPO
LITERAL METAFÓRICO

Como explica Diana Maffía, estos pares de conceptos han dominado el pensamiento occidental y siguen dominando nuestra manera de analizar la realidad como ámbitos separados que se excluyen mutuamente y por fuera de los cuales no hay nada; es decir, que si algo pertenece a un lado del par, no pertenece al otro lado. Si algo es racional, no es emocional y si es emocional no es racional. Esta idea opera en la práctica, tanto en los pensamientos más básicos: “las mujeres se enganchan, no pueden sostener vínculos exclusivamente basados en el sexo”, como en otros más comprometidos: “son demasiado emocionales como para asumir un cargo público”, cita Maffía como ejemplo. Además de exhaustivos y excluyentes, estos conceptos dicotómicos son jerárquicos: lo objetivo es mejor que lo subjetivo, lo racional es mejor que lo emocional. Por lo tanto, se incita a ver y experimentar el mundo objetivamente y no subjetivamente, racionalmente y no emocionalmente; es decir, como un varón y no como una mujer. Esa es la mejor forma.

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Las relaciones sociales y los vínculos humanos están atravesados por el sistema estructural en el que se desarrollan y los discursos que se imponen en él. Los vínculos sexo-afectivos son uno de los escenarios donde todavía nos cuesta más desandar los mandatos y prejuicios relacionados a los estereotipos de género, que reproducimos casi sin cuestionar. Nos movemos de acuerdo a lo que se espera de nuestro rol de varón o mujer, incluso ahí donde de lejos parece que no, como cuando hablamos de “varones sensibles”, lo que queremos decir es que “varón” no incluye ser sensible. Lo mismo pasa con “mujeres fuertes”, siempre es la excepción, la característica no esperada del género. Con estas nociones como patrón, modelamos las relaciones que generamos.

La creencia de que las mujeres no podemos ni queremos tener vínculos exclusivamente sexuales y no románticos genera muchas veces una falsa promesa en la conquista por parte de los varones hetero cis que más tarde conlleva desilusiones innecesarias. O genera que los varones actúen con una dureza impermeable a los sentimientos porque no se corresponden con cómo se supone que deben comportarse. Las que se enganchan son ellas. Y quien se engancha, pierde. Adaptamos nuestros reflejos a estos comportamientos que se hacen regla, la regla de no sentir nada: nos obligamos a tener sexo con todes pero no nos dejamos enganchar con ningune o no tenemos sexo con casi nadie por miedo a que esas típicas prácticas nos lastimen. Y entre tanto tabú sentimental, tampoco hablamos del sexo, porque la charla, la conversación, pertenece a otro nivel de la relación.

Si el feminismo pudo empezar a transformar cómo practicamos sexo, también puede modificar cómo practicamos el vínculo; intentar desandar los mandatos e imposiciones que todavía nos encontramos cuando empezamos una relación sexo-afectiva y que, si nos alejamos un poco, nos damos cuenta enseguida que tienen que ver con estereotipos y roles de género; con negarnos a ser minitas que se enganchan. Y si nos transformamos es porque no nos olvidamos que lo humano es un mix de emocionalidad y racionalidad; que la emocionalidad permite una mejor comprensión y desarrollo de la sexualidad; que los sentimientos no van en contra de la elección de una relación sexual sin preferencias románticas.

Deconstruir el amor romántico no significa no sentir. Para que la libertad no se enfoque en la capacidad de tener múltiples parejas sexuales sin desarrollar sentimientos ni responsabilidad afectiva por ninguna, queremos sentir y actuar sin restricciones aprendidas un viernes a la noche, una vez por semana, una noche al mes. Gocemos adentro y afuera de la cama.

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