Nombrando el deseo: Un recorrido generacional para tratar de conocer la historia de nuestra sexualidad

POR LUPI KIRJNER
ILUSTRACIÓN: VIOLETA MAL

“Cuando me vino por primera vez, no sabía lo que era y me asusté mucho. Y cuando me casé tampoco sabía que esa noche tenía que hacer el amor”, me dijo una vez mi abuela, de ochenta y ocho años, cuando le mostré las copitas menstruales que tenía en la mochila. ¿Hubiera podido ella, mi abuela, a mi edad, usar, vender, hablar sobre copas menstruales? Esa noche ella estuvo por primera vez desnuda frente a otro cuerpo, el cuerpo de un hombre con el que no sabía qué hacer. Como refugio se escondió en el baño, y ahí la vergüenza se transformó en miedo y se decidió a decir que no. En esos años no había internet, ni revistas, ni notas en los diarios que pudieran llegarle a cualquier adolescente, y mucho menos a las mujeres, para hablar de estos temas. Todo dependía de la red que hubiera entre amigas, de la información compartida, de las charlas que alguna se animara a empezar: ¿cómo aprendemos hoy qué es la sexualidad?

En algunos casos, las amigas y hermanas nos habilitaron este aprendizaje, completamente atravesado por mitos, ya que “estar indispuesta” significaba no poder hacer cosas, estar sensible, ser menos capaz. Además, la menarca implicaba “hacerse señorita”, esto es, convertirte en mujer, con todas las pautas y atribuciones que conlleva. ¿Qué cosas no supimos a tiempo en nuestras infancias, adolescencias? ¿qué recursos nos hubieran cambiado la forma de actuar? “Aprendí de mis amigas que ya lo habían hecho, preguntándoles cómo había sido, aunque  al principio había mucha reserva” (Mora, 24). “A mí, una amiga me enseñó a ponerme el tampón, cuando lo hice por primera vez” (Daniela, 23). “Fue a partir de un juego que empezamos a hablar, algo así como un ‘verdad o consecuencia’ en el que nos encontramos respondiendo cosas parecidas, que hasta entonces no habíamos hablado; con ellas pude empezar a hablar de estas cuestiones con más soltura, pero me pasó con otros grupos de amigas de intentar hablar y que se sientan re incómodas” (Sol, 14). Me vino a los diez años y no me animé a contárselo a mis amigas hasta los doce” (Julieta, 24).

Conocernos a través del placer propio no era algo de lo que se podía hablar.  Lo que no se dice se vuelve tabú, y esas prohibiciones nos llenaban de pudor. Nos daba vergüenza preguntar, y por eso construimos definiciones torpes, imprecisas, con vacíos de información por todos lados y tergiversaciones de lo poco que entendíamos. Pero no es solo lo que no nos dijeron, o lo que nos dijeron que estaba mal, sino lo que nos dijeron que sí había que hacer, sin importar lo que queríamos. Nuestra curiosidad direccionada. Nuestra vergüenza expuesta al no poder encajar en ese molde. Lo que se muestra, y lo que no, nos lleva a reproducir lo más nefasto y nos deja solxs en la inseguridad, en los traumas de ser o no ser deseables.

En los primeros años de adolescencia, los mismos juegos estaban hechos para descubrir lo sexual: la botellita, verdad o consecuencia, y otros juegos de preguntas en donde el objetivo era descubrir lo íntimos de lxs otrxs, la atracción por lo que no se dice. Estas mismas direcciones de lo no dicho se tomaron desde la escuela y las familias. La educación sexual, si la había, era laxa, biologicista y heteronormada. “Siento que había pudor entre ellos, entre mi mamá y mi papá, y por eso tampoco el tema era abierto hacia sus hijos. Recuerdo que no había claridad de explicación de diferencias de mis hermanitos varones y yo, había una desinformación inmensa” (María, 34).

Nuestra educación implica toda una serie de condicionamientos heteronormados, la direccionalidad con la que se nos educó no admitía la posibilidad de elegir, de saber que los caminos podían ser múltiples y diversos.    La heterosexualidad era obligatoria y se reforzaba desde la escuela, con sanciones hacia las conductas que salieran de ese esquema. Si la homosexualidad aparecía como posibilidad, era siempre desde una definición determinista y binaria: “tal persona es gay”. Ser gay era considerado un chiste peyorativo, y ser lesbiana no parecía existir como posibilidad. Nunca nos dijeron que el sexo tenía que ver con el placer: el objetivo era reproductivo, la adolescencia era la preparación física y emocional para ser madres y padres. En todo caso, el placer giraba alrededor del hombre: “inconscientemente, para mi y para mis amigas, coger se trataba de buscar cómo hacer para que el chabón la pase bien, y que a una no le duela tanto” (Victoria, 24). Tampoco nos dijeron que la sexualidad no tenía necesariamente que ver con vincularse con otrxs, y muchxs nos encontramos conociéndonos primero con un otro, antes de reconocer el placer en nuestros propios cuerpos. ¿Cuánto tardamos en preguntarnos si el deseo que sentimos es propio? ¿Si las incomodidades que sentimos no son algo que sólo nos pasa a nosotrxs?

La difusión y ampliación del feminismo en estos últimos tiempos dio lugar a que se generen nuevos espacios, nos identifiquemos con otros discursos, nos acerquemos de formas que hasta hace poco nos eran casi inaccesibles, y nos animemos a alzar nuestra voz para conectarnos y construir colectivamente. “Fue el centro de estudiantes de mi colegio quien se puso las pilas con este tema, exigiendo que se dé en las materias y también dando charlas. Así fue mi acercamiento al feminismo y así también empecé a militar en el centro de estudiantes y a tratar de hablar de temas que no se hablan con el resto de mis compañeres” (Chiara, 17). Nos estamos planteando una nueva forma de pensarnos, sentirnos y vincularnos. Nos cuestionamos lo que nos enseñaron y buscamos dar batallas en espacios en que tradicionalmente nos negaron el lugar. Nos preguntamos por el deseo en todas sus formas, que no son determinadas y pueden ir variando. Intentamos deconstruir los vínculos con otrxs; los compromisos con unx mismx y con lxs demás: no tienen que ser estáticos, pero sí con charlas, cuidados y respeto. “Casi todas las mujeres de mi edad tuvimos que hacer un camino para llegar al respeto hacia nosotras mismas, para hacernos respetar; eso tiene un costo muy alto: etapas de depresión, relaciones difíciles con los cuerpos propios, interpersonales, y de pareja. Por todo esto creo que a mi generación el ‘se va a caer’ nos emociona muchísimo” (María, 34). Nos sana unirnos entre las mujeres porque el patriarcado nos separa para que no nos potenciemos, para que no aprendamos, pero ahora esas estructuras se están rompiendo, y se está formando otra red, que nos cambia y nos cambiará la vida.

Y en ese cambio, las nuevas generaciones nos vienen a mostrar, en su hacer cotidiano, en sus relaciones, lo tangible de la transformación: ellxs reclaman su propia necesidad de educación sexual, explican sus identidades no binarias, se autogestionan la información, experimentan y se preguntan por la heterosexualidad como algo dado. Lxs pibxs traen la teoría a la práctica, lo sienten y lo viven.  “Generalmente cuando tenía inquietudes buscaba por Youtube… ¿cómo es una vagina? ¿cómo se pone un preservativo?” (Camila, 21). “En la provincia de Buenos Aires hay una materia que se llama Salud y Adolescencia donde se ven cuestiones de educación sexual, el problema es que recién es en cuarto año; aunque esté buena, ya es tarde” (Lara, 21). “Las redes sociales ayudaron mucho, hace algunos años que cada vez hay más páginas de Instagram feministas, con Internet tenemos un acceso directo a información” (Chiara, 17). “Lo poco que aprendimos del tema en la escuela era sobre la capacidad reproductiva del cuerpo. La sexualidad vinculada al placer así como distintas cuestiones de género recién las empecé a conocer cuando terminé el colegio” (Charo, 20). “Sobre sexualidad hablamos más que nada entre amigues, después llevamos la discusiones a la familia. Este año mi familia empezó a hablar mucho más abiertamente de algunas cosas” (Zoe, 15).

Transitar el secundario en esta década es muy diferente a como lo era en los noventa, y a como lo era en los primeros diez años del siglo XXI. El feminismo se expande a pasos agigantados, y así la capacidad de cuestionar hacia afuera, de ir más allá de las leyes, de la cultura y la “moral” aceptada. ¿Qué es hoy lo que está bien sexualmente? Que no podamos responder esa pregunta no habla de desconcierto, sino de un futuro de libertades, de disfrutes múltiples, tan diversos como la diversidad de las identidades. Hoy lxs pibxs atraviesan sus primeros acercamientos sexuales interpeladxs por estas preguntas, sin la mochila de años de vínculos y acercamientos opresivos. “Creo que la mayor diferencia con la gente un poco más grande es que nosotres somos una generación que no queremos que nos etiqueten. Si me gusta una chica no tiene por qué significar que ‘soy lesbiana’, el problema seŕia que quieran imponerme lo que ‘soy’, y lo que a mí me pasa es que me gustan personas” (Helena, 14). “Yo creo que a mi mamá le cuesta imaginarse cómo amoldar mí vínculo con una piba a sus demás estructuras; por ejemplo, si me voy a casar, si voy a tener hijes” (Zoe, 15). “Creo que siempre es más fácil hablar con pares. A mis hermanos mayores les cuesta entender que en mi grupo de amigues tengamos todes un vínculo de pares y de confianza por igual. Antes si tenías un amigo varón y eras mujer, tenía que haber una potencial ‘tensión sexual’, para mi no es así” (Martina, 15).

Formas de hablar-nos, formas de mirar-nos, formas de tocar-nos. La sexualidad patriarcal nos configuró toda una vida de dudas, de experiencias traumáticas que condicionan inseguridades, angustias, miedos. “Es por acá”, y no por donde tu imaginación desalineada, equivocada, torcida, te quiere llevar. Hoy estamos en transformación y con ella crecemos y nos encontramos con respuestas que a su vez originan nuevas preguntas. ¿qué es la orientación sexual? ¿qué me gusta de mi sexualidad? ¿cómo disfruto yo? ¿cómo disfruta mi compañerx? ¿quiero compartir mi sexualidad sólo con una persona, quiero múltiples formas de vivir mi sexualidad? Compartir las dudas también es compartir conocimiento, aprender en grupo y ayudarse a ser cada vez un poco más libres.

La historia de mi abuela es la historia de toda una generación, que a su vez crió a otra generación atravesada siempre por el silencio, por el ocultamiento. ¿Alguien le preguntó alguna vez qué deseaba ella? ¿qué le pasó cuando se encontró desnuda ante el cuerpo de ese hombre? Al día siguiente de la noche de bodas, ella llamó furiosa a su mejor amiga, que hacía varios meses estaba casada, y preguntó por qué nunca le había hablado de esto. ¿Quién tenía la palabra cuando se trataba de sexualidad? ¿existía, acaso, la palabra para este tema? Mi abuela me mira: tengo las copitas en la mano y le explico para qué sirven. En sus ojos, más que asombro, hay esperanza, y para mi esa esperanza es decir, sentir, saber que ya no estamos ni vamos a estar nunca más solas.

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