Sucias de caucho: entre el juego y la vida

POR EUGENIA MARTIN

Los lunes a las 21.00 ellas pisan el campo de juego. Una sola cancha de mujeres en medio de un montón de canchas de hombres. Las que lo hacen por primera vez agudizan el olfato y la recorren con cautela, atentas a la mirada de “ellos” que merodean y miran de costado. Son muchas. Van llegando de a poco y, mientras esperan al resto, aprovechan para charlar y conocerse más. Una vez que están todas, se reúnen en un círculo, arman los equipos según el color de sus remeras- negras y de color- y salen a jugar.
Comienza el partido. Cada una se ubica en la posición que le tocó. Algunas empiezan a correr detrás de la pelota como si se estuvieran jugando la vida o como si la pelota pudiera devolverles una vida que creían perdida. La más nueva se refugia en el arco, con la intención de estar a salvo de la mirada de las demás y de la disputa permanente. Pero, tarde o temprano, la acción llegará a ella y tendrá que sacar valor de algún lado para defenderse, no solo de los pelotazos, directos a la cara, sino también de aquellos que estén yendo hacia la red. A medida que pasan los minutos, el área deja de ser una guarida para convertirse en un lugar conocido, en donde ya no será necesario ocultarse.
Segundo tiempo. La mezcla del perfume y la transpiración se vuelve cada vez más potente. La excitación crece. Ellas dejan su maternidad en el banco de suplentes o en la cancha, mezcla de caucho y de sangre. Se retuercen de dolor y de placer en el pasto sintético, gritan, putean y cuando patean la pelota también patean sus miedos: los suyos, los de todas nosotras. Les falta estrategia, pero tienen fuerza. Una fuerza acumulada que les sale desde las entrañas.
Se acerca la hora y tienen que entregar la cancha, pero quieren más. El partido terminó y ellas siguen respirando el caucho liberador del juego, ahora lo llevan impregnado en el cuerpo. Caminan hasta el vestuario todas juntas, mientras se secan el sudor de la frente con la remera. Sienten el placer del agua fría cayendo sobre la nuca. Están cansadas, pero satisfechas.
Éstas son las mujeres que aparecen representadas en Sucias de caucho (Milena Caserola, 2018). Para ellas el fútbol es más que un juego y la cancha el campo de batalla en donde enfrentan sus miedos: lo no dicho. Cada jugada está cargada de sentido, de una pasión desenfrenada que sólo mermará cuando la pelota toque la red y cambie, para siempre, sus destinos.

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