Desigualdad de género en el trabajo: reflejo de la batalla cultural

Por Solange Idalgo
Fotos de Andrea Raimondi

Cuál es la disparidad social en relaciones de clase, género y racionalidad que nos acerca al porqué de la desigualdad en el mercado laboral. Débora Gorban (Doctora  en Ciencias Sociales por la UBA y la EHESS – París especializada en género y trabajo , investigadora del CONICET e integrante del GET- Grupo de Estudios del Trabajo del área de sociología de la UNGS) destaca el trabajo en la calle, el servicio doméstico, las tareas de cuidado y el ámbito profesional que pugnan contra los estigmas que diariamente aportamos a la cruda brecha que antes de ser salarial es social. Son cuestiones profundamente introyectadas que parecen naturales, por eso tienen que ver con batallas contra la hegemonía cultural. El trabajo reflexivo que unx mismx tiene que hacer para desmontar esto es muy fuerte, se pueden comprender con voluntad, pero hay un gran porcentaje de la población que no se las  está preguntando” reflexiona acerca del recorrido laboral de las mujeres en Argentina y América Latina.

Las cartoneras del tren blanco : desvergonzadas y organizadas.

La calle es el primer símbolo de esta batalla. A fines de los ‘90 y principios del  2000 revolver la basura, exponerse a condiciones de frío y contaminación relacionaba a lxs cartonerxs directamente con la indignación. Esta actividad fue apuntada con el dedo por la sociedad, que lejos de considerarla un modo de trabajo, estigmatizó una situación que atravesaban unas 30.000 personas en Capital Federal. Poner en foco esta actividad para ver de qué se trataba fue parte de la tesis doctoral de Débora. “No arranqué esta investigación con una perspectiva de género sino que me propuse estudiar una ocupación que en ese momento estallaba. Me encontré con una presencia muy activa de mujeres porque eran las que no tenían vergüenza, no solo revisaban la basura sino que motorizaron las redes de intercambio dentro del barrio y que, en su gran mayoría, eran las delegadas del tren”.

Las mujeres del tren blanco fueron también objeto de agravios ya que explorar lo que la calle podía brindarles para sobrevivir y hacerle frente a la crisis suponía salirse del lugar preestablecido: la casa. Sin embargo ellas se organizaron, lograron lazos de comunicación con TBA y defendieron las herramientas necesarias ante el gobierno cuantas veces fueron necesarias. Gracias a esas mujeres salir a cartonear fue considerado un trabajo.

Servicio doméstico: ¿qué mujer no sabe limpiar, cocinar o cuidar chicos?

El servicio doméstico tiene una característica particular: la relación mujer – mujer atravesada por un corte de clase y origen. Esta ocupación prima en sectores populares en Argentina y en América Latina. Sin embargo las ciencias sociales casi no se han ocupado de ella. Gorbán destaca dos motivos: “Por un lado, son ocupaciones desvalorizadas que no tienen reconocimiento social y son pensadas como algo que puede hacer cualquier mujer, sin capacitación, experiencia laboral previa ni estudios completos. En segundo lugar,  pensar el trabajo doméstico remunerado implica (re)pensarnos a nosotras mismas por lo que el campo se torna más complejo para el análisis”. El trabajo doméstico  incomoda al campo social porque obliga a reflexionar sobre nuestras propias prácticas, representaciones y la manera en que las construimos. Confundir la biología con la construcción de género estigmatiza, por ello la desigualdad en el mercado laboral se reproduce desde el minuto cero. Asociar determinadas actividades a la naturaleza y al accionar de la mujer crea una simbología, un mensaje social que se viraliza en todos los campos.

La Ley 26.844 de Servicio Doméstico mejoró muchos aspectos como la licencia por maternidad, las jornadas de 8 horas o la prohibición del trabajo infantil; sin embargo continúa prevaleciendo la negociación entre empleadora y trabajadora en el ámbito privado. Este acuerdo reproduce condiciones de explotación, vulnerabilidad y dominación en la posibilidad de participación de una trabajadora doméstica. Asimismo, aseguran que el estatus y jerarquía social no sufra cambios estructurales que desestabilicen el modelo social establecido. Si bien el Sindicato De Amas De Casa pisa fuerte por los derechos de las mujeres, desde el estado también se reproducen debilidades y fortalezas  ya que en las mesas de negociaciones para regular el trabajo doméstico remunerado ( tantos otros caratulados como informales) los hombres son mayoría. Una vez más los lugares que deberían estar rebosantes de representaciones femeninas, están ocupados por varones que deciden sobre nuestras tareas, trabajos y posibilidades laborales.

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Movilidad horizontal y división sexual del trabajo

“El servicio doméstico fue pensado por la sociología en sus inicios como una inserción ocupacional de las mujeres migrantes que ingresaban como cocineras, amas de llaves,  niñeras, institutrices para que luego puedan pasar a otras ocupaciones mejor pagas y de mayor movilidad social. Pero en el plano real estas ocupaciones mantienen a las mujeres trabajadoras en el mismo sector”, sostiene Débora.  

El momento reproductivo, la maternidad, el matrimonio y el acceso a la educación también suponen precariedades en el mercado de trabajo. Hay una marca de origen que repercute a lo largo de la carrera laboral y a lo largo de la carrera vital que encierra a la mujer dentro de trabajos precarios; las representaciones negativas que estas mujeres cargan sobre sus propios orígenes ayuda a que se creen vínculos de subalternidad. Por ejemplo: “En el ámbito de la peluquería, la trabajadora debe mostrarse amable, solícita, atenta a la escucha del otrx al igual que la trabajadora doméstica que habla cuando se le pide y no puede contar sus problemas. Las relaciones de trabajo siempre se piensan patriarcales donde las mujeres sufren el sometimiento frente a otros varones, pero en estos trabajos vemos ese sometimiento entre mujeres y de una manera muy descarnada”.

En trabajos de mejores condiciones se reproduce el mismo patrón. A la hora de contratar mujeres, las empresas tienen  en cuenta si va a quedar embarazada o se la considera para ocupaciones feminizadas replicando los estereotipos característicos de género. Esta división de trabajo entre mujeres y hombres determina lo que se conoce como ”techo de cristal en las carreras laborales de las mujeres. En la política, la Ley de cupo femenino afirma la desigualdad de participación que tienen las mujeres en el poder, porque la mujer fuera de su lugar social asignado genera miedo y amenaza. La desubicación, sea de clase o de género, asusta. Cuando lo establecido se cuestiona genera miedo pero si los cimientos no se resignifican el terreno laboral no cambia.

El prejuicio como estandarte en la batalla cultural

La lucha de poder en el mercado laboral es una batalla cultural porque supone acabar la reproducción de estos estereotipos en lxs que fuimos criadxs. El accionar de una mujer no solo es cuestionado por la mirada del hombre sino por la sociedad en su conjunto: “Aclarar que no tiene nada de malo que una mujer salga a la calle con una pollera cortita o explicar en contextos académicos que las mujeres no somos mujeres y punto sino que el género es también una construcción, denota la lucha que tenemos por delante. Rita Segato tiene razón, no podemos pensar que el problema son los hombres. Hay un entramado cultural que reproducimos todxs desde la niñez. Hay ciertas afinidades que se ven en la calle, en los juguetes, en las imágenes que encasillan a mujeres y hombres”.

Hace unas semanas un curso de capacitación para servicio domestico creó polémica y ventiló los prejuicios desde diversas visiones políticas: “Preguntémonos porqué van a esos cursos, qué les brindan en términos de socialización. Despreciar y pretender que a todas nos tiene que funcionar lo mismo es negar las diferentes vivencias y que no a todas nos pueden ayudar los mismos mecanismos o tratamientos. Desechar un espacio que puede ser positivo porque es de peluquería o de servicio doméstico es también reproducir el sistema patriarcal. El espacio de trabajo significa y pone en circulación otras cuestiones, no solo tiene que ver con la búsqueda de la subsistencia”, aclara Débora.


Gorban se refleja en el espejo del café donde se da la charla. Todo a su alrededor  sirve de ejemplo para cuestionar la desigualdad en la que vivimos inmersxs. No es una guerra de sexos, en el imaginario las personas creen estar enfrentadas entre sí, pero en la realidad, todxs estamos del mismo lado. Lo que nos enfrenta, así como a Débora con su reflejo, es el sistema que irrumpe nuestros modos de ver.  Esos Modos de ver que John Berger enseña al criticar la cultura contemporánea a partir de los cambios en las condiciones sociales que imponen nuevos procesos de comunicación. Lograr la metamorfosis de los mensajes retóricos instalados en la calle, en los juguetes y en las imágenes, como menciona Débora, implica cuestionar los campos teóricos de la semiótica, la sociología y la psicología. Tal vez en ese cuestionar se encuentre el método para ganar la batalla cultural.

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