Edición #3 Feminidades Trabajando

Por Revista Peutea

En esta edición nos preguntamos juntxs, transversalmente y en tiempo presente, ¿qué es el trabajo para nosotrxs, para nuestros cuerpos? ¿Acaso sólidos engranajes de ciclos y sentimientos, o indisolubles partículas dentro grandes sistemas político-económico-culturales en acción?

Según la historia occidental de fines del siglo XIX, algo comenzó a cambiar: los inventos técnicos que aceleraron el trabajo manual además de la aplicación de fuentes energéticas, dejaron consolidado el Capitalismo. Gran Bretaña fue la cuna de esta Hecatombe. Ya en esta primera oleada de transformaciones económicas y sociales, el estado corporativo arrastró a gran parte de población campesina a la ciudad. Eso que con el transcurso de los años se nombró como Civilización, Progreso, Nación, Industria, ocultó los verdaderos motores humanos: los Trabajadores.  ¿Acaso fueron hombres únicamente los que forjaron la Industria? La división internacional del trabajo a nivel mundial delimitó condiciones y otorgó privilegios a ciertos países occidentales y europeos para nutrir la producción industrial, y al resto del mapamundi se les concedió la tarea de alimentar la gran masa de obreros y las obreras de las urbes. Y hacia el interior de este esquema, la división sexual marcó una doble dependencia: al capital y al patriarcado. Las mujeres y lxs niñxs eran los más perjudicados. Si bien el sistema era cruel por donde se lo viera, las manos proletarias se evaluaron en términos de funcionalidad: las de los niños sirvieron para cambiar válvulas, cosas pequeñas que las manos adultas no lograban abarcar; las de las mujeres, por su parte, cumplían las mismas horas de trabajo que los hombres pero, por considerarse inferiores, cobraban un salario menor, ínfimo, inhumano y, como si esto fuera poco, debían encargarse, gratuitamente, de las tareas domésticas.  Mientras las mujeres cumplían tareas industriales que la división de género les adjudicaba, la paciencia femenina fue valorada muy por debajo de la fuerza masculina. Las desigualdades económicas sujetaron la normativización de cuerpos, deseos e identidades.

Silvia Federici en El Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria (1984) realiza un paralelo entre la historia del capitalismo y el papel de adoctrinamiento que tuvo la Iglesia en la “guerra contra las mujeres”, haciendo referencia a la cruzada por acallar al poderío femenino, que llevaba en las entrañas mismas, la concepción de otro tipo de sociedad. La Caza de Brujas constituyó uno de los primeros femicidios sistemáticos con el fin de exterminar a las mujeres que se corrían del modelo que el patriarcado había construído para ellas. El objetivo principal era amedrentar aquellas prácticas usuales entre las mujeres: la sororidad, el conocimiento de sí mismas (intuición, empatía, curación) y la relación con la naturaleza (destrezas boticarias y medicinales). De esta forma,  desde la institución religiosa se  buscó asociar los espacios de reunión de mujeres o Aquelarres como Círculos Demoníacos. Estas “fuerzas incontrolables” propias de la naturaleza femenina debían ser doblegadas para allanar el terreno al capital, la base de la estructura familiar y el individualismo.

Las luchas presentes de los terrenos feministas no son distintos a los de aquella época, a pesar de haber ganado, en algún sentido, muchas disputas políticas y presencia en la agenda mediática, no hay batallas ganadas si pensamos en todxs lxs cuerpxs que no entran en la palabra feminidad. En todxs lxs cuerpxs que, tantos años después, aún llevan encendidas las brasas, el sentimiento de que existe otra forma de producir, de relacionarse, de vivir. De a poco esas brasas se encienden y se transforman en pequeñas revoluciones, marcos que hacen de base para un cambio posterior, más grande. La igualdad de oportunidades laborales para las personas trans y travestis,  la brecha salarial para amas de casa, los abusos laborales, los denunciables y todos esos pequeños abusos del día a día que se callan, son debates que continúan postergados en la larga lista de reclamos al Estado.

Mientras tanto seguimos laburando experiencias colaborativas que tejan otras tramas de lo posible, otras feminidades sonoras y palpables que se animen a trabajar sobre el suelo de unx mismx y con otrxs, para pensarnos políticamente en esos márgenes por donde circulan las disidencias sexuales, las formas de corporizar las feminidades y las libertades de vida y así, guiadxs por el deseo, definir lo que somos. Esa es la senda que indagamos y abrazamos en este tercer número de Revista Peutea.

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