El consultorio de Nancy II

A los amantes del sexo, las drogas y los -des-encuentros

Me da pena. Me da pena que cuando el vuelva a aparecer, yo voy a estar en otro lugar. Lejos. Así como me es fácil sentir todo tan fuerte y tan intenso (tan rápido), también me es fácil dejarlo atrás. Ya sea porque encuentro algún otro objetivo con nuevo nombre para depositar toda mi libido, o porque para deshacer hay que construir dicen, y cuando la construcción es leve, el impacto del derrumbe no es grave.

Sin embargo, algo queda: la sensación amarga de sentir que había hecho las cosas mal. Ver reflejados aquellos defectos que me había propuesto cambiar. Pero, ¿qué fue lo que hice mal? Siento que “pierdo” e instantáneamente me atraviesa la tragedia y el drama.

[El que deja ganas, gana]

Yo me había abierto (sin querer) sólo porque me gusta fluir. Vibrar con el momento. Vivir el hoy, el ahora, lo único que tengo.

[Los momentos son únicos, irrepetibles y efímeros, salvo en la memoria]

Al siguiente martes me paso a buscar alrededor de las 21 hs. por la facultad. Repetimos el mismo plan de comida casera, birritas y charla. Básicamente todo bien. Pero una verborragia anticompromiso me invadió y desplegó toda una serie de comentarios de mierda sobre lo choto que es estar en pareja. “No quiero deberle nada a nadie”, “ya me inflaron mucho los huevos” (Nancy vos no tenés huevos), “estar de novio es para giles” (Nancy, te calmás), etc.

Me gusta culpar a mi verborragia sobre cómo cambio mi lugar desde ese entonces. Que fue la culpa de mis miedos desbordados en negación, y que él no es un idiota.

[¿Es un idiota?]

Seguimos hablando en la semana, con menos intensidad pero un alto nivel de presencia. El sábado me muestra que había puesto la hamaca paraguaya en el patio y le respondí que estaba contenta. En el juego de las preguntas, aquel domingo post viernes encantador, una pregunta de su parte hizo ruido:

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Sentí eso. La cosa cursi ¿cómo se le dice? Conexión.

Quedamos en vernos a la noche. No sé por qué, el sábado me resulta un día comprometedor. Yo tenía un cumpleaños, él una juntada. Quedamos en hablar. Me iba a pasar a buscar. Mi mente visualizó la búsqueda alrededor de las 2 am. Pensé que era un buen plan.

Entre escabio, buenas flores y morfi, charlamos con mis amigas, los novios y otros invitados sobre un juego boludo que te demuestra si tenés conexión con la otra persona: le decís “Hola Don Pepito” y si te contesta “Hola Don José”, ganaste. Ganaron. Mágica conexión. Fantástica conexión. Yo la había sentido esa tarde. Debía comprobarlo (aunque en la vida real, resulta una estupidez bastante importante).

Y así como es una estupidez, yo fui estúpida y drogadicta y se me ocurrió mandárselo alrededor de las 00 hs. Le pregunté a mi amiga Shavi que opinaba y me dio un rotundo NO. Ese no se sintió como un leve cachetazo. Una palmadita. Un “no flashés, boluda”. Pero como Shavi también es una drogadicta me dijo “mejor si” y hasta lo escribió ella porque yo me negué a hacerlo y lo envió desde mi celular. Nos reímos. Fue divertido. Fue como un juego (¿no lo era?). El único problema: nunca contestó. Ya no era una estupidez. Pasaban los minutos y mirábamos el celular. Llegaban las horas y ninguna señal. Esto se volvió personal.

Nunca contestó hasta las tres de la tarde del domingo en dónde sólo pidió perdón sin excusarse. Obvio no contesté. “Que se muera”, pensé. “Es un idiota”, pensé. “Qué triste”, lamente. Insistió con caritas tristes y asumiendo su error (maldito Whatsapp). Yo ya estaba en otro plano (obligatoriamente). Ya lo había superado (moría de bronca). Sin embargo, y para que no siga insistiendo, respondí:

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“Ya está, volví a subir posiciones”, pensé. Necesitaba reivindicarme.

Fue una conversación algo trágica. El no esperaba ese drama. Esperaba que lo perdone, que sea una boluda total, menos rígida, más cool, ya sabés. Y ese domingo decidí tener ovarios (hasta el miércoles siguiente).

“¿Que tanto? Ya fue ¿Lo veo desde hace un mes y YA lo voy a dejar de ver? Quería un par de veces más. Me quedó por disfrutar. Un poquito más. Sólo un poco. Lo puedo controlar”.

Ja. Ilusa Nancy. Inocente por siempre. Fanática de esa sensación cursi que te corre por el cuerpo cuando te gusta alguien. Hasta con algún grado de necesidad.

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No supo si lo estaba jodiendo, si hablaba en serio. Y si hablaba en serio, tampoco sabía qué es lo que quería yo decir. “¿Está todo bien? ¿Está todo mal? ¿Es para seguirnos viendo o para descansarme?”. Así debe haber sonado su cabeza. La realidad es que yo tampoco lo sabía. Así de boluda me pongo cuando busco un poco de atención. Se aprovechó de que afloje un poco pero que no me supe explicar y me dejó básicamente como una loca de mierda. Lo peor es que hasta yo creí qué tenía razón. Otra vez hiciste todo mal. Otra vez en la lona, Nancy.

[No te rescatas más]

Pasó un mes. Con los pies sobre la tierra y mirando atrás sin nostalgia (me encanta mirar atrás cuando sé que estoy adelante), no puedo entender cómo llegué a esos estados. Aunque del otro lado de la línea, viendo todo desde arriba, sí lo puedo entender.

Es sólo la emoción, la sorpresa, el encanto. La frescura de lo nuevo que llega prometedor a ponerle ritmo a los días. La frescura de lo nuevo, fugaz e inestable. Frescura incierta. Misteriosa. Interesante. Indescifrable.

Y en caso de que quieran conocer el verdadero final, sí volvimos a hablar, pudimos entender qué había pasado por la cabeza de cada uno, volver a vernos y que esté todo bien, pero no más. Entendí que no es necesario que siempre suceda algo más.

Vamos rotando de alma en alma a ver qué podemos encontrar. Vamos rotando de alma en alma aún sin estar listxs. Y cada encuentro te enseña. Te prepara. Cada sensación es necesaria. Siempre es condición necesaria, pero no suficiente. Porque, al fin y al cabo,  nunca es suficiente.

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