El día que fuimos un solo cuerpo

Por Eugenia Martin y María Victoria Varela

“Nos quieren quietas, mudas, disciplinadas. Por eso los femicidas y las patotas salen de caza y la policía de razzia después de las marchas. Pero Ni Una Menos es grito y abrazo común que hace temblar cada uno de los espacios de nuestras vidas y desborda en las calles. Juntas y para nosotras nos hacemos poderosas. Por eso hoy volvemos a decir ¡Basta!”

Así comenzaba la lectura del documento conjunto, preparado para la tercera edición de una marcha que nació hace dos años del dolor, del hartazgo y la impotencia y que, gracias a la fuerza y unidad, se traduce hoy en organización.

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En el escenario montado en Plaza de Mayo, Liliana Daunes, periodista y activista feminista y la infaltable Norita Cortiñas recibieron a las referentes del colectivo Ni Una Menos que mientras cesaban los redoblantes, fueron acoplándose a una multitud expectante. La Plaza las miraba. Nadie pasó por alto el significado de tener a una de las referentes de las Madres como oradora esa noche: el movimiento feminista tiene grandes mujeres a quienes seguirles los pasos. Ya sentadas, Liliana y Norita comenzaron. Cincuenta minutos duró su lectura, pero a sus oradoras no les tembló ni un segundo la voz. En ese tiempo, invocaron las voces y los reclamos de todas nosotras: mujeres trabajadoras, lesbianas, bisexuales, travestis y trans. Las palabras hicieron eco en cada rincón y cada pecho de una Plaza desbordada de lucha: las pibas se abrazaron de nuevo. Con las banderas en alto, sus caras pintadas y los pañuelos verdes ajustados, se agarraron fuerte de la mano y gritaron al unísono ¡Ni una mujer menos, el Estado es responsable!

foto 1Fuente: PEUTEA

El agite comenzó temprano. Una mirada por arriba del hombro bastó para sentir ese decidido paso hacia adelante, separadas entre sí sólo por centímetros, sólo espacialmente. Están al lado, van juntas. Maju, sostiene su cámara. Dice que las fotos son para ella y agrega: “cada cara es una historia, lo que tenemos que lograr es ser un solo cuerpo, ser una sola mujer”. Unos pasos más adelante Magalí y sus amigas sostienen carteles. “Venimos por todas” dice como portavoz de su pequeño grupo y, por qué no, de esta marea que inunda las calles porteñas y las de tantos otros puntos del país. Sus compañeras asienten y aprueban.  Porque acá estamos, haciendo nuestra la calle de nuevo; reafirmando que todo cambió ese tres de junio del 2015, cuando nos miramos cientos de mujeres en una y advertimos -y demostramos-  que nunca más iban a tocar a una, sin que nos levantemos todas.

Las frases se leen en carteles, banderas y paredes. Otras, en los cuerpos de aquellas mujeres que el frío no detuvo. Pronto Avenida de Mayo se llena: vienen marchando y pisan fuerte las pibas de los pañuelos verdes. Son muchísimas, encabezan la marcha y se amplifica desde gargantas y megáfonos: “¡Aborto legal, en el hospital!”.

Entre la multitud, una de ellas dijo que sólo acompañaba. Sin embargo, estaba ahí, poniendo el cuerpo en su reclamo, con su insignia en el cuello. Construyendo. La imagen se repite. Todas ellas exigen lo mismo: “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”. Las primeras de la columna, comenzaron a abrir un corredor enorme entre la gente que desembocaba en la Plaza y en un único grito, corrieron. La estampida de mujeres levantó el aire teñido de verde; de fondo aplausos, bombos, canciones, y aquel aullido de rebeldía que de sólo escucharlo, nos remonta a nuestro pasado más tribal. Las innumerables cuadras de marcha siguieron con el mismo ímpetu.

foto 2Fuente: Ailén Montañez

“No hay una sola forma de ser llamada femenino. La heterosexualidad obligatoria también es violencia”, se sentenció en el documento que representó los reclamos de todas las cuerpas disidentes violentadas a diario en la calle y en el barrio, que en vez de encontrar derechos que las respalden, reciben represión por parte del Estado. “Yo sufro una violencia particular porque soy lesbiana, de un barrio humilde, entonces esa violencia es todavía más cruda”, dice Damaris mientras marcha, al son de bombos y redoblantes, junto a sus compañeras del Frente de Organizaciones en Lucha (FOL). Al igual que Eva María de Jesús, “Higui”, presa por ser lesbiana y por defenderse de sus agresores, Damaris es hostigada a diario por el simple hecho de vivir su sexualidad de manera plena. Porque pareciera que ese es el precio que hay que pagar por ser pobre y vivir fuera de las reglas que nos impone el patriarcado. La cárcel o la muerte.

Porque el Estado no siempre está ausente. Se hace presente, pero sólo para reprimir: a Milagro Sala, presa política por manifestarse en contra del gobierno jujeño de Gerardo Morales;  a “Higui”, por ser lesbiana y defenderse de quienes querían abusar de ella; a las mujeres que alzaron la voz el ocho de marzo por manifestarse, víctimas no sólo de la violencia policial, de horas de encierro sin respuesta, sino también del operativo mediático para justificar la razzia. “Uno de los ejes que venimos trabajando es el tema de que hoy el Estado aparece no en la faz de cuidado o acompañamiento, sino como Estado represivo. Lo que pasó el 8 de marzo evidencia un intento muy fuerte de disciplinar al movimiento de mujeres”, dijo María Pía López, periodista de Página/12 y referente del movimiento Ni Una Menos, al recordar el mencionado episodio de violencia arbitraria.

foto 3Fuente: Ailén Montañez

Libertad para Higui y para Milagro Sala. Esos fueron los reclamos puntuales que encabezaron la marcha y se hicieron oír fuerte a lo largo de la Avenida de Mayo y en el escenario. Pero también se hizo oír y sentir la conquista feminista. Así como en los tiempos de la dictadura genocida los pañuelos blancos de las madres se convirtieron en emblema de lucha, hoy los pañuelos verdes bailan en el aire al compás de los aullidos salvajes, entonados por miles de mujeres que saben de qué se trata y festejan el fruto de esta marea: Belén, condenada en el 2014 por haber sufrido un aborto espontáneo, hoy está libre.

La unidad y representatividad de los reclamos, consolidados en un documento único, revistieron este 3 de junio de organización. No sólo fue puesta de manifiesto en el tiempo que duró la lectura del documento, sino también en el desarrollo de la movilización. “Si algo también caracteriza este tercer año de Ni Una Menos es que estamos cada vez más organizadas, compañeras”, pronunció Liliana Daunes previo a la lectura del escrito.

Así fue, y así se sintió: más de 300 organizaciones y colectivos consensuaron el extenso documento en asambleas semanales celebradas en la Mutual Sentimiento desde el 12 de mayo, luego del femicidio de Araceli Fulles y en respuesta a la desidia con la que el Estado actuó en la (no) búsqueda de su cuerpo.

“El primer 3 de junio nosotras dijimos que el femicidio es el punto más alto de la cultura machista. El proceso que fuimos haciendo en estos dos años es tratar de interpretar cómo es esa sociedad patriarcal”, dijo María Pía López luego de una jornada cargada de emoción. De algo estamos seguras: hay algo que el Estado no puede ni podrá controlar. Cada año son más las mujeres que salen a las calles a luchar, los reclamos hilan cada vez más fino y profundo y la política brota por los poros de la Plaza. Los muros de la sociedad patriarcal se debilitan.

La profundidad del debate en torno a la violencia machista, se instaló y fue abriendo cada vez más caminos hacia la transversalidad que reviste la problemática. En la primera marcha, la consigna #NiUnaMenos fue apoyada masiva y también mediáticamente. Gran cantidad de famosos difundieron sus propias imágenes sosteniendo la causa, hubo móviles, hubo ruido. El objetivo fue logrado.

Pero como mujeres, nos encontramos desde ese entonces en la urgencia de entender que no podemos pedir que dejen de matarnos, sin contemplar los fundamentos de la violencia que se materializan en la esfera política, económica, sexual, laboral,familiar. Las empresas mediáticas recortan nuestras movilizaciones para conducirnos a una lógica de salvajismo. Demonizan las protestas feministas corriendo el eje del debate.

Es por ella que la disputa está en la calle, pero también en los pequeños actos simbólicos: el desafío está en derrumbar las clasificaciones y estereotipos impuestos y posicionarnos en el rol de productoras de nuestro propio sentido, uno que nos represente como colectivo.

Y ahora que estamos juntas,
Y ahora que sí nos ven,
Abajo el patriarcado,
Se va a caer, se va a caer!

Porque como pronunció Liliana Daunes, queremos más voces feministas en todos
los debates políticos, económicos, sociales, culturales. Nuestra producción es de sentido y de lucha en todos los ámbitos. Porque en las calles, en el barrio y en el trabajo las mujeres sacamos la voz y nos levantamos contra ese lugar estático, casi inerte, al que todavía algunos nos siguen relegando. Los medios, el Estado y el respaldo a la sociedad patriarcal tiemblan cada 3 de junio y tiene que hacer cada vez más equilibrio para no caer de espaldas. La revolución va a ser de nosotras, las mujeres: porque se lo debemos a Diana, a Lohana, a Sandra Cabrera, a Berta Cáceres a Micaela, a Araceli. A ellas y a todas las que ya no están.

¡Vivas, libres y autónomas nos queremos!

Venceremos.

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