El consultorio de Nancy I

Colegas, compañerxs, contemporánexs, me presento, mi nombre es Nancy. Mi nombre es Nancy y entiendo mi época actual como el desarrollo vivo de un cambio de paradigma donde las mujeres, hermanadas, nos hemos ido apropiando y resignificando espacios donde antes no teníamos cupo, donde era mejor callarse sobre cuestiones que se disfrazaban de irrelevantes, donde nuestra inconscientemente adoptada mentalidad patriarcal (sobre todo para las más jóvenes jugadoras de barbies) nos hacía aceptar como natural cuestiones y situaciones que no son más que construcciones históricas.

Mi nombre es Nancy y entiendo que en toda esta vorágine postmoderna, relacionarnos con el género masculino puede tener sus particularidades.

Mi nombre es Nancy y invito a conocer mis “fallidas” experiencias para pensarnos y repensarnos en cuestiones de relaciones casuales y, porqué no, algo así como el amor.

A los amantes del sexo, las drogas y el amor

Ese viernes fue el problema. Ese viernes fabuloso y desconcertante: comida casera preparada de a dos, charlas que no dejaban de ramificarse sin agotar los temas de conversación, birras de por medio y fasito de por medio y buen sexo inicial para coronar el encuentro.

La mañana siguiente seguía esa seductora vibra entre suaves caricias y cucharitas tenedor. Hasta en la puerta de mi casa, casi antes de bajarme del auto, cuando hice la confesión, después de que me pregunte si la pase bien.
-Sí. Antes me era raro porque no sabía si estaba de acuerdo con lo que hacía.
-Y ahora?
“Ahora sí estoy de acuerdo”, contesté segura.(¿Lo estaba?)


Nos saludamos con un choque de puños con código incluido (puño cerrado y apertura de mano simil estallido) y subí a mi departamento con una buena sensación; de esas que lo cagan todo.

Whatsappeamos durante todo el sábado a la distancia (el en lobos con amigos -a donde por cierto me invitó espontáneamente-, yo en mi casa intentando hacer un trabajo practico -razón por la que justamente no accedí-) y dentro de ese algo del domingo que seguimos la conversación, tuvimos el juego de las preguntas. Todos lo jugamos alguna vez. Cada pregunta, por más idiota que sea, busca conocer algo más, algo nuevo, algo fresco. Desde lo más simple a lo más complejo y perverso. Y siempre termina en nuevas excusas para volverse a ver.
Martes siguiente, aparece espontáneo con el mismo atractivo plan: comida casera, charlas interesantes, y alguna birra y algún fasito más allá que sea martes. Cuando hay manija, hasta los días hábiles pueden convertirse en feriados (y yo sé de manijas). Accedí al instante, porque además tenía algo que con él quería compartir: un cogollito volador que me había regalado mi amigo Jota, que planta en su casa y la tiene muy clara. Ya en su casa le conté mi gran adquisición, a lo que contestó contento con una de sus frases innecesarias: sos la uno, sos la mejor, sos una distinta.Yo ilusa sonreí, por obtener la respuesta que inconscientemente esperaba.
“A veces hago las cosas bien”, contesté. Y, debo admitir, me asusté. ¿Qué tan bien quería hacer las cosas?
Durante la charla/comida, digamos que estuvo todo bien, aunque rozamos temas peligrosos. Escuchar la palabra “ex” en un relato cambia totalmente el tono conversacional. Sin embargo, llegamos a intercambiar interesantes puntos de vida al respecto, aunque no pude evitar escupir mi resentimiento: “que desastre esa gente que se pone de novia de pendejo”, “a mi me rompieron mucho las pelotas”, “hasta los 30 no tengo novio de vuelta ni en pedo”.

Pensé que estaba siendo sincera, y que está bien, porque “yo no quiero nada”. Hacía cuatro meses había intentado dejar atrás a un sujeto que me había achicharrado mi delicado corazón, y me era inevitable intentar meter a todos en la misma bolsa. Intentar, porque realmente no quería hacerlo, Vaya contradicción.

“Eso de abrirse es para giles”, pensaba a mis adentros, luego de haberme comido algunos cachetazos de realidad por abrirme muy rápido con el anterior sujeto.

Y así no más, me olvidé que ya estaba jugada. Ese viernes yo le había cocinado. Había elegido ocupar el lugar de agasajadora masculina, luego de que el me haya gomeado durante alrededor de un mes.

Había decidido (sin querer queriendo) liberarme de todos los prejuicios que me habían invadido ese mes, porque:

  1. era compañero de laburo, (y donde se come no se caga viste).
  2. Era, a mi prejuicioso entender, gordo( y pido perdón, lo dije, fue un prejuicio horrible que decidí superar).

Quise mostrarle mi mejor versión considerando que se lo merecía. Pensando que le iba a gustar. Más. Que le iba a gustar más. Que iba a mirar algo más de mi que mi ojete. Y así de fácil y sin tanta vuelta, me abrí y dejé ser a mi instinto, mi deseo, o tal vez a la necesidad de mi soledad, esperando encontrar algo distinto, nuevo, fresco. “Ilusa yo”, me digo hoy.

Continuará…

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