Editorial Junio

Hace dos años y siete días algunas tímidas y otras convencidas empezamos a caminar hacia el Congreso para gritar que basta de mujeres muertas, que nos daba miedo salir a la calle, que sentíamos de cerca al peligro por un solo motivo: ser mujer. Todo se condensó, por esas magias de la comunicación, en “Ni Una Menos”. Nos reconocimos miles, cientas de miles, nos sentimos fuertes, acompañadas… Y desde ese momento nada volvió a ser igual.

Empezamos a debatir el Ni Una Menos en todos los espacios: en el barrio, en la universidad, en la mesa familiar, en nuestros noviazgos, en nuestras camas, en nuestras relaciones sexoafectivas, en nuestras familias, en las amistades, en la respuesta al piropo callejero.

De a poco, y entre discusiones de a muchas, nos empezamos a dar cuenta que esa consigna de tono imperativo estaba relacionada con muchas más cosas que las mujeres muertas a manos de tipos violentos; que el femicidio es el límite y que antes de alcanzarlo hay violencias de todos los días. El pedido de Ni Una Menos, entonces, se transformó en una manera de ver las cosas y empezamos a deconstruirnos a nosotras mismas en cada paso de esa cadena de violencias a la que estamos sometidas en lo cotidiano.

Aprendimos que las violencias empiezan con la vestimenta desde chicas, con los juguetes “con los que sí” y los juguetes “con los que no”, con la pregunta sobre el novio como única opción de pareja, con nuestra primera vez tan cuidada y conservada por miedo a que nos llamen putas, con un novio que “en nombre del amor y las buenas costumbres” nos revisa el celular o nos pide la contraseña de nuestras vidas; con el acoso callejero que, disfrazado de piropo, nos invade y nos anula nuestra circulación libre por el espacio público. Después sigue, y casi que no termina: en la universidad llena de profesorEs y pocas profesorAs; con un jefe abusivo en el trabajo; con jefEs y casi ninguna jefA; con la maternidad obligatoria a los 15, 16, 17; con la maternidad obligatoria en cualquier momento de la vida; con la pregunta de nuevo por el novio después de más de cinco reuniones familiares “sola”; con las publicidades de mujeres  a las que todo les sale perfecto; con el contacto con compañeras de bajos recursos para las que la única opción es el macho violento y proveedor… Es interminable la lista, es dolorosa. Pero la sabemos propia, la discutimos, la masticamos con mucha rabia y allá vamos.

Es en ese ir y venir, “entrar y salir de fase” cantaría un uruguayo, que cada una se da cuenta de que todo eso en lo que nos hacen creer y aprender, todo eso que “debemos ser” no es. Y en ese primer 3 de junio lo manifestamos en las calles, pero la toma de conciencia venía de antes. Nos agrupamos alrededor del Congreso con una consigna declamativa pero el proceso había empezado adentro de cada una hacía rato. Tomar la calle fue, a la vez, punto final y comienzo.

Dos años después nos animamos a decir que a partir de esa primera plaza todas sabíamos que no volveríamos a ser las mismas. Que no queríamos ser las mismas. Que a cada nueva agresión, habría mil y una respuestas.

El número de mujeres víctimas de femicidio aumentó entre 2015 y 2016, como así también las denuncias por violencia de género. Y esto no se debió, no se debe aun ahora, a una mayor visibilización solamente: el hombre está enojado, desorientado, incapaz de reconocerse fuera del lugar protagónico en el que históricamente estuvo. Y ataca. Y pega. Y abusa. Y amenaza. Y persigue. Y mata.

Casi como una promesa, este cambio de paradigma nos encontró dando respuestas en las calles, en los Encuentros de Mujeres, fortaleciendo los proyectos de mujeres autogestionadas, los espacios de comunicación sobre hábitos y consumos no heteronormados, visibilizando la situación de mujeres trans que pareciera que ligan doble por elegir ser mujeres, exigiendo el aborto legal ya.

Y cuando decimos que se abrió un nuevo escenario es porque así lo vamos atravesando: cuando volvíamos en manada -y hermanadas- del 31° Encuentro de Mujeres, nos enterábamos del terrible femicidio de Lucía en Mar del Plata. Y con todo ese calor feminista, con toda la rabia que se nos salía del cuerpo, en sólo una semana volvimos a la calle. De negro, de luto por el dolor de que nos hayan arrancado a una más, casi como mandando un mensaje de advertencia. Entonces, ahí fue nuestra respuesta: juntas, en las calles, sin miedo. Si tocan a una… respondemos de a miles.

Todo este proceso es irreversible. Y tiene signos y fechas en las que es indispensable volvernos una dentro de las miles que caben en una sola mujer. Por eso también el 8 de marzo, en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, nuestro mensaje fue claro: si nuestros cuerpos no valen, que produzcan sin nosotras. Con masivos ceses de actividad en lugares de trabajo, estudio y en nuestras propias casas, hicimos visible un reclamo que nace de los micromachismos, pero que sentencia nuestra cotidianeidad: el trabajo de cuidado que encarna la mujer en el hogar implica, por lo menos, tres horas de trabajo que se le suman a las 8 habituales. Y no son remuneradas, ni discutidas, ni cuestionadas al interior de muchas familias.

Lo irrefrenable de este camino por el que vamos es directamente proporcional a dos cosas:

las que nos faltan y nos duelen en esa ausencia (que a junio de 2017 nos lleva a una compañera por día, víctima de la violencia machista, el desamparo del estado, la desprotección judicial);

y las que todavía no logramos conquistar.

Y PEUTEA es  eso: es memoria de la activa, es un BASTA gigante que se nos sale por la boca, que nos rebalsa las ganas de salir y pelear por las que nos arrancaron.

PEUTEA son miles de debates entre nosotras y con nosotras mismas sobre el por qué se nos relega a roles acabados que desconocen nuestros derechos a estar vivas, libres, juntas.

Sabemos que somos muchas en la misma sintonía, pero son muchas las que faltan; sabemos que cada nuevo suceso en nombre de nuestros derechos es crucial para seguir avanzando; sabemos que todavía queda mucho por cambiar y luchar; sabemos que estamos organizadas y eso molesta pero es vital seguir molestando.

Nosotras somos nuestro propio juicio, sin estigma ni prejuicio.

Queremos romper imaginarios; queremos hacerle frente a estereotipos irreales y estigmas patriarcales.

Queremos ser libres en una sociedad que te invade para que seas: más linda, más flaca, más exitosa, más femenina, más señorita, más atrevida, y por sobre todo, menos puta.

Queremos informarte para que luchemos juntas.

Nos reconocimos en este cambio de paradigma. Ya está, empezó y no hay manera de pausarlo: estamos empapadas de vidas, sueños, gustos, amores; de los nuestros, de las que se nos fueron.

Y sabemos que estamos juntas, más acá o más allá, pero que vamos caminando con prisa y con firmeza, siguiendo las pistas: América Latina va a ser toda feminista.

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